Ilustres señores y amables señoras:
1. Os dirijo de buen grado mi cordial saludo a todos los que participáis
en este congreso que pretende sensibilizar a la opinión pública
sobre el problema de la prevención del cáncer del
aparato digestivo, con particular atención al cáncer
de colon. Saludo, de modo especial, al profesor Alberto Montori,
presidente de la Federación europea de enfermedades digestivas,
y a cuantos han venido de diversas naciones para vuestro importante
encuentro internacional.
Al mismo tiempo, expreso mi vivo aprecio a los organizadores del
congreso, a los miembros del comité científico, a
los delegados, a los moderadores, a los relatores, a los estudiosos
y a todos los que trabajan para combatir esa enfermedad, en la que
se concentra vuestra atención.
No podemos por menos de alegrarnos al constatar la creciente disponibilidad
de recursos técnicos y farmacológicos, que permiten
descubrir oportunamente en la mayor parte de los casos los síntomas
del cáncer e intervenir así con más rapidez
y eficacia. Os exhorto a no conformaros con los resultados obtenidos;
es necesario continuar con confianza y tenacidad tanto en la investigación
como en la terapia, utilizando los recursos científicos más
avanzados. Ojalá que los jóvenes médicos sigan
vuestro ejemplo y aprendan, gracias a vuestra ayuda, a recorrer
este camino tan benéfico para la salud de todos.
2. Ciertamente, no se puede olvidar que el hombre es un ser limitado
y mortal. Por tanto, es preciso acercarse al enfermo con un sano
realismo, evitando crear en el que sufre el espejismo de que la
medicina es omnipotente. Hay límites que son humanamente
insuperables; en estos casos, es necesario saber acoger con serenidad
la propia condición humana, que el creyente sabe leer a la
luz de la voluntad divina. Esta se manifiesta también en
la muerte, meta natural del curso de la vida en la tierra. Educar
a la gente para que la acepte serenamente forma parte de vuestra
misión.
La complejidad del ser humano exige además que, al proporcionarle
los cuidados necesarios, no sólo se tenga en cuenta el cuerpo,
sino también el espíritu. Sería presuntuoso
contar entonces únicamente con la técnica. Desde este
punto de vista, un ensañamiento terapéutico exasperado,
incluso con la mejor intención, en definitiva no sólo
sería inútil, sino que no respetaría plenamente
al enfermo que ya ha llegado a un estadio terminal.
El concepto de salud, tan querido para el pensamiento cristiano,
contrasta con una visión que la reduzca a puro equilibrio
psíquico-físico. Esta visión, descuidando las
dimensiones espirituales de la persona, terminaría por perjudicar
su verdadero bien. Para el creyente, como escribí en el Mensaje
para la VIII Jornada mundial del enfermo, la salud "se presenta
como aspiración a una armonía más plena y a
un sano equilibrio físico, psíquico, espiritual y
social" (n. 13: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 20 de agosto de 1999, p. 5). Jesús, en su
enseñanza y testimonio, se mostró muy sensible a los
sufrimientos humanos. Con su ayuda, también nosotros debemos
esforzarnos por estar junto a los hombres de hoy para asistirlos
y, si es posible, curarlos, sin olvidar jamás las exigencias
de su espíritu.
3. Ilustres señores y amables señoras, realizáis
un esfuerzo notable, con la ayuda de numerosos colaboradores y voluntarios,
para informar a la opinión pública sobre las posibilidades
de gozar de una salud mejor, regulando racionalmente los hábitos
diarios y sometiéndose a controles preventivos periódicos.
Me alegro por vuestro servicio y espero que vuestra profesión,
siguiendo las normas deontológicas que la regulan, se inspire
siempre en los valores éticos perennes, que le dan un sólido
fundamento.
Informar a los ciudadanos con respeto y verdad, sobre todo cuando
se encuentran en condiciones patológicas, constituye una
auténtica misión para cuantos se ocupan de la salud
pública. A ello quiere dar su propia contribución
vuestro congreso, al que deseo pleno éxito. Asimismo, espero
de corazón que haya una amplia respuesta al mensaje que queréis
dar a conocer, para implicar a los medios de comunicación
social en una eficaz campaña informativa.
De buen grado os acompaño con mi oración y, encomendando
a Dios vuestro trabajo, os imparto de corazón mi bendición,
que extiendo complacido a vuestros seres queridos y a los que cooperan
con vosotros en esta alta misión humanitaria.
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